domingo, 20 de noviembre de 2016

Mi abuelita es luz

Pablo lloraba en un rincón del patio.
Un amigo suyo le había dicho que su abuelita se había ido y que no iba a volver.
Pablo, al que le habían explicado que su abuelita había muerto, pero no lo había entendido del todo, se sintió abandonado.

Por la tarde seguía triste y fue así hasta que vió a su tío.
-¿Qué te pasa Pablo? ¿Por qué lloras?
-Por la abuelita, nos ha abandonado.
Entonces, su tío ladeo la cabeza y lo miró:
-La abuelita nunca te ha abandonado y nunca te abandonará. ¿Tú sabes que la abuelita siempre fue buena? ¿No?
-¡Claro! -Contestó Pablo.
-Pues mira, he ido al sabio de Oropesa y me ha dicho que la abuelita ahora forma parte de la luz. Y eso quiere decir que donde haya luz, allá estará la abuelita. Eso quiere decir que la abuelita siempre estará contigo.
-¿Y si hay oscuridad? -Preguntó el niño.
-Cuando lo necesites enciende una luz y así la abuelita estará contigo.
Entonces el niño sonrió y se puso a jugar.

Ya por la noche, Pablo tuvo una pesadilla y se levantó sobresaltado, pero entonces, vio una luz por la ventana y sonrió sabiendo que la abuelita estaba cuidando de él. Pudo ser un rayo, pudo ser el efecto de los faros de un coche, pudo ser cualquier cosa, pero daba igual... La abuela era parte de la luz y le iba a acompañar en cada sueño, en todo momento, para siempre.

Fran García
Oropesa del Mar a 20-11-2016
Dedicado a ti.

sábado, 21 de mayo de 2016

Gabriel y el desierto

Gabriel no era un hombre del desierto, pero por circunstancias de la vida llevaba en él más tiempo del deseado. Muchas veces había visto el reflejo del agua entre las dunas. A veces, con palmeras y todo. Pero cuando se acercaba a ese oasis... no siempre era de verdad. Por ello, se acostumbró a acercarse al agua sin hacerse ilusiones. Lo que le llevaba a ilusionarse más o desilusionarse menos, porque sus espectativas eran más bajas. Pero siempre caminaba hasta los oasis.

Con el tiempo, y sin encontrar la salida de esa inmensidad amarilla, cada vez se volvió más cómodo y ya solo buscaba agua cuando de verdad tenía sed. De hecho, llegó al punto de ver un oasis con palmeras y animales y no acercarse. 

Pensó: "El desierto es demasiado grande." "No hay pruebas de que sea agua de verdad." "Es una oportunidad que puedo dejar pasar." Y así lo hizo. 

Una vez acostumbrado a la sed, ya no volvió a acercarse a ningún manantial. Así, siguió viviendo algún tiempo, pero nunca más sintió el placer de beber un poco de agua al tener sed.

Un oasis es una oportunidad. A veces una ilusión, a veces una realidad. ¿Qué harás al ver un oasis?
No pases sin lanzar una piedra y ver si hay ondas o solo polvo. Las oportunidades no están ahí para dejarlas escapar. 

lunes, 11 de abril de 2016

El Desierto de los Dioses

Cuenta una leyenda, que mucho tiempo atrás, en una tierra muy lejana, había un gran dios. Este, había creado a otros dioses menores para no sentirse solo.

Una vez creados, los pequeños dioses no tardaron en tener aires de grandeza y en luchar entre ellos para demostrar su poder. No obstante, el único que no luchaba era el dios supremo, que no tenía nada que demostrar.

Sus guerras fueron tan potentes que al final se enemistaron entre ellos y empezaron a realizar todas las acciones posibles para molestarse los unos a los otros. Fu hacía llover, Ra paraba la lluvia, Ter hacía salir el Sol, Mor provocaba una tormenta de arena...

Así, poco a poco, la lluvia se volvió uno de sus elementos preferidos y la utilizaban para molestarse constantemente, hasta la saciedad.

Por ello, un día decidieron que solo llovería cuando les viniera bien a todos, pero ese momento nunca llegó. Así, la lluvia, siempre interrumpida, no llegó a caer con fuerza durante mucho, mucho tiempo y así, aquel lugar envidiable, poco a poco, se convirtió en un desierto.

-Es lo que hay -dijo un día el dios supremo-. Que no llueva nunca a gusto de todos, no quiere decir que no tenga que llover. Ni tan siquiera un dios puede permitirse el lujo de ser tan egoista. Mirad a ver lo que habéis hecho mal y solucionadlo. No os dí un vergel para que lo echarais a perder...

Fran García
Orpesa, 2016


miércoles, 16 de marzo de 2016

Miguel necesita ayuda

Miguel ya ha cumplido 10 años. Recuerda con orgullo el día en que consiguió que todo su cole se pusiera en marcha y empezara a trabajar de valiente, para evitar que la suciedad pusiera en jaque a su querido pueblo.

Desde aquel día, entre todos, habían reciclado gran cantidad de residuos y habían recogido de la montaña un poco de todo. Pero los humanos, a veces, son muy inconstantes. A pesar del gran pacto, a muchos niños ya se les había olvidado su compromiso de recoger basuras ajenas y, a los más despistados, recoger la suya propia.

Sí, siempre lo había dicho el abuelito: “lo difícil no es llegar, es mantenerse”.

Pero bueno, tampoco queremos pintar la escena como la mayor de las catástrofes: el bosque estaba más limpio que entonces; la carta que escribió la clase en la hora de Castellano se publicó incluso en el diario de la comarca, lo que generó una mayor conciencia ecológica en la zona; la ópera escolar sobre “la Pandilla Limpiamontes” fue un éxito; y aquel Carnaval disfrazados de contenedores y de residuos, fue la bomba.

No obstante, vistos los puntos fuertes y débiles de todo lo sucedido, a Miguel le faltaba un algo... y no sabía qué. Esta vez, ni las sentencias de su padre, Antonio, fueron capaces de hacerle reaccionar. Su madre, preocupada, también se desvivió por ayudarle a superar esta nueva crisis. Aunque la solución la acabó encontrando en el lugar del que no la podía esperar...

Era primera hora de la tarde y Miguel estaba, de nuevo en su bosque, viendo saltar las ranas en la charca azul, mientras conversaba con los árboles. No es que él creyera que lo árboles le fueran a contestar, pero siempre le había gustado hablar con ellos, incluso abrazarlos. Entonces, vio una bolsa de plástico que venía volando de la carretera y se colaba entre los troncos de los pinos. “¡Vaya cochinada!” fue el único pensamiento que le vino a la mente, sin acertar a hacer nada más. Pero esa vez, ocurrió algo diferente. De detrás del árbol grande apareció un pequeño zorro anaranjado y se le quedó mirando. El muchacho no sabía que hacer: si debía saludarlo, debía esconderse, o la mejor opción sería la de salir corriendo... Y por eso, permaneció quieto. De hecho, siempre había sido muy raro ver animales por ahí, puesto que estos se adueñaban del bosque cuando los niños estaban en el cole, o en la cama.

Repentinamente, el zorro esprintó hasta la bolsa y la dejó a los pies del niño. Miguel, gratamente sorprendido, lo acarició y el zorro le miró a los ojos con una inmensa bondad, justo antes de volver a desaparecer.

Miguel, que volvió a quedarse solo, se preguntaba si había sido un sueño, o era realidad. Pero la respuesta le llegó al cabo de unos minutos, cuando cinco animales diferentes aparecieron de la nada y le obsequiaron con diferentes residuos: un halcón con un pequeño bote de plástico, un conejo con un trozo de periódico, un ciervo con un bidón grasiento, un pequeño erizo con una peligrosa pila de botón y el zorro con un teléfono móvil que alguien había olvidado llevar al ecoparque.

La situación no le podía parecer más surrealista: el halcón le dejó el bote a los pies y le picó la rosquilleta que llevaba, de hecho, Miguel se la entregó entera; el conejo le dejó su papel y recogió las migas; el ciervo cambió su bidón por unas caricias... El erizo, celoso, le dio la pila y se puso panza arriba, para poder ser rascado; y el zorro buscando compañía se recostó a sus pies.

Miguel tardó mucho en explicar esa escena a nadie, aunque todos los días volvía al bosque y así, los animales, siempre guiados por el zorro, le ayudaban a limpiar el bosque. De hecho, con el tiempo aprendieron a llenar diferentes bolsas: una para los envases ligeros, la que luego iba al contenedor amarillo; otra la para el azul, en la que poner papeles y cartones; y otra para el verde, en la que recoger los cristales.

Dibujo de mis alumnos: África, Nella, Jesús, Paula, Alba, Nahia y Amin

Así, poco a poco, los animales se fueron acostumbrando primero a Miguel, y luego al resto de personas. Y al cabo de unos meses, ya era habitual que los animales se arrimaran al linde del bosque, en el que finalmente se ubicó un ecoparque para colaborar con la limpieza de todo el término.

Os puede sorprender, y es que nunca se ha visto algo igual: ¡humanos y animales colaborando para reciclar!

Sé que os gustaría saber el nombre de estos animales, pero ellos mismos nos hicieron saber que no querían tenerlo. Ellos no querían ser los protagonistas, puesto que el verdadero protagonista es nuestro querido planeta y los cuidados que necesita.

jueves, 3 de marzo de 2016

De lo que Miguel no se pudo despreocupar

Miguel volvió otra vez triste del bosque...

Y es que Miguel, con tan solo 9 años, no podía explicarse como llegaba tal cantidad de basura a los alrededores de su pequeño pueblo. Todavía no era capaz de comprender que aquella gran ciudad, a la que se llegaba en coche en un plis plas, generara tal cantidad de residuos.

Así, de vuelta a casa, casi de noche; con su balón bajo el brazo y la bolsita de la merienda enganchada de la correa del pantalón, se encaminó hacia su hogar arrastrando los pies.

-¡No lo puedo entender! -Exclamó desde el umbral de la puerta.
-Buenas tardes hijo. -Contestó la madre- ¿Qué pasa ahora?
-El bosque, los plásticos, los brics... ¡Hasta ruedas de coche! ¡Pobres animales...!
-¿Qué pasa? No te entiendo.
-Eso, que el bosque está sucio, cada vez más sucio...
-¿Y ya has pensado una solución? -Preguntó su padre, que iba cargado con la colada acabada de recoger.
-¿Solución? ¿yo? ¡Eh...! No.
-¿No? Si algo te preocupa, puedes hacer dos cosas: buscar soluciones o conseguir que te deje de preocupar. Pero si te preocupa, te ocupas.

Aquellas palabras de Antonio causaron un gran impacto en su hijo que, al no verse capaz de solucionar el problema, decidió que lo mejor sería conseguir que el bosque le dejara de importar. Pensó: “Es una decisión dura, pero lo debo conseguir.”

Dibujo de mi alumna Ruth - Orpesa 2016


Contra todo pronóstico, la noche fue genial. Miguel consiguió convencerse de que el bosque no era su problema y disfrutó de un fantástico sueño en el que marcaba un triple en el último segundo, dando así la victoria a su equipo en el campeonato escolar de baloncesto.

La mañana siguiente también transcurrió sin sobresaltos; pero a la tarde... al volver a jugar al bosque, la indignación se volvió a adueñar de él: la charca llena de botellas, papeles volando por los aires, escombros, bolsas colgando de los árboles.... Era, sin duda, el momento de elevar tal problema al órgano más resolutivo que conocía: “la asamblea de clase”.

Al llegar a casa esa tarde, trató de disimular su nerviosismo y por la noche le costó conciliar el sueño; pero no podía mirar hacia otro lado. El bosque no era el problema de Miguel, debía de ser el de toda la clase, todo el pueblo, toda la comarca, o tal vez, de toda la humanidad.

De este modo, y a pesar del cansancio, el despertador le pilló con ganas de levantarse, desayunar e ir al cole. Era tal su decisión, que sus padres no comprendían que le había pasado a su hijo que, quince minutos antes de la hora de marchar, ya estaba en frente de la puerta, esperando.

Por ese motivo, aquel día, Miguel fue quien abrió y cerró la asamblea. En ella, se habló y debatió largo y tendido sobre el tema. Incluso el maestro decidió dar todo el tiempo de Naturales a ese asunto, llegando a los siguientes acuerdos por el bien de la ecología:
  1. Reducir el uso de todo: agua, luz, papel, bolsas de plástico, etc.
  2. Reutilizar todo lo posible: no tirando folios a mitad uso, haciendo plástica con materiales de deshecho, gastando los vasos de plástico varias veces, etc.
  3. Disfrazarse en Carnaval de contenedores y deshechos: un “niño-contenedor azul” rodeado de “niños-periódico” y “niños-caja”; un “niño-contenedor amarillo” seguido de “niños-lata” o “niños-bric”; y un “niño-contenedor verde” acompañado por “niños-botella” y “niños-tarro”.
  4. A partir de ahora, cuando los niños fueran a jugar al campo, llevarían una bolsa de plástico, tanto en hora de cole, como de ocio y se comprometían a recoger todos sus residuos y una parte de lo que encontraran por ahí.
  5. Y por último, la clase se comprometía a reciclar todos los días (por lo que el maestro sacó del armario unas bolsas especiales de colores).

Para la hora de castellano quedaba lo de escribir una carta abierta alertando a la humanidad del problema de los bosques y, tal vez, realizar un proyecto de ópera escolar con la ecología por bandera.

Ese día al volver a casa, no podía sentirse más feliz y le contó todo a sus padres, que le dijeron:
-El mundo seguirá contaminando, pero entre todos, con pequeños actos, podemos mejorarlo todo. Estamos muy orgullosos de ti. Corre, apaga la luz, coge el plástico y vamos a pasear.

Y así vio Miguel como se acababa aquel día, en el que había conseguido mucho más de lo esperado.

Fue como darle un gran abrazo a la naturaleza.


Fran García
Orpesa, 2016

viernes, 19 de febrero de 2016

Cuestión de codos (microrrelato sobre la cooperación)

Le hablaron de mover un gran peso yendo codo con codo, pero él, que no era mucho de cooperar, acabó dando codazos a sus ayudantes.

Así, poco a poco se fue quedando solo. Hasta que solo, el peso le venció y en soledad le llegó el fracaso.

Moraleja: en equipo, por muy pesado que sea un problema, se soporta mejor.

Enlace en valenciano
Fran García
Orpesa, 2016

lunes, 8 de febrero de 2016

Pegar no es lo normal (Un cuento para la violencia de género).

El día que Samuel entró en aquel reformatorio, bajo las miradas de odio de los familiares de su ex novia, nadie habría dado un solo euro por él. Siempre había oído que una buena torta a tiempo evitaba muchos problemas y así lo hizo. Para él no era nada especial. Era, ni más ni menos, lo que él mismo había aprendido a golpes, lo que su padre hacía con su madre, o lo que su querido abuelo había hecho en su día con su fantástica abuela, de hecho, estaba convencido de que aquellos golpes hicieron de su abuela una persona muy decente.

Siguiendo las pautas que siempre había visto en casa, si había sentido celos, era culpa de ella. Algo habría hecho para que él se sintiera así. ¿Por qué dejar que eso fuera a más teniendo la solución? Él no podía tener la culpa.

El día que Samuel entró en el reformatorio su mundo se desplomó. El juez de menores dictaminó la orden. Sus antecedentes violentos como jugador de fútbol, sumados a aquel simple y único guantazo que a penas inflamó la cara de ella, fueron suficientes para dicha condena... Sabía que a todos no les gustaban los golpes o los insultos, pero creyó que aquello era algo desmesurado. De hecho, le costaba borrar aquella frase de su mente: Una buena torta a tiempo evita muchos problemas. Maldita sea, siempre había sido así. Sentía rabia. 

¿Se tendría que haber esperado a estar a solas para pegarle? Ya no tenía nada claro...

Los primeros días en el reformatorio fueron muy duros. Samuel se encontraba rodeado de chorizos, camellos, contrabandistas... Como solía decirse: calaña. No podía entender que hacía allí. ¿Qué le quedaba? Miraba a su alrededor y no veía con quien relacionarse.

Con desgana, se fue haciendo amigo de aquellos más tranquilos, como él los llamaba: el pelotón de la biblioteca y allí conoció a Joel.
-Me pregunto -dijo Samuel- ¿Cómo alguién así ha llegado aquí?
-¿A qué te refieres? Preguntó Joel.
-A ti, sin duda. ¿Cómo has podido llegar aquí?
-Es mi signo... En casa a veces no hay para comer, toca ir a robar y a veces nos cazan. Una veces pillan a mi padre y otras me toca a mí. Pero no te preocupes, ya conozco a la gente de aquí, son majos, me ayudan y aquí tengo más tiempo para estudiar... tal vez, gracias a Pedro, el psicólogo, pueda acabar la ESO y pirarme a hacer un módulo de mecánica, que de mayor quiero ser honrado.

Samuel asintió, cuanto más conocía a Joel más disfrutaba de su compañía y sorprendido por su decisión exclamó:
-¡Tío! Eres un figura.
-¿Y tú qué haces aquí? -preguntó Joel, dejando a Samuel tocado, pues dentro de aquella cárcel solo le había contado lo sucedido al "loquero", que era como él llamaba a Pedro y, por eso, tardó en contestar.  
-Ya ves, le dí una galleta a mi novia y me metieron aquí. ¿Tú entiendes algo?
-¿Cómo quieres que lo entienda?
-Lo ves, yo tampoco.
-No, no -se apresuró Joel-. No puedo entender que pegaras a tu novia... ¿En qué narices estabas pensando?
-¿Pensando? En nada. Es lo normal, ¿no? Te pone celoso, le arreas una y que se centre.

Entonces llegó el silencio. Joel miraba a Samuel, pero no era capaz de dar crédito a lo escuchado. De hecho, su mirada enfocaba diferentes puntos, a grandes saltos, mientras trataba de entender la situación.
-Ahora me dirás que no has pegado a nadie ¿no? -Inquirió Samuel.
-Evidentemente -contestó Joel.
-¿Evidentemente qué?
-Evidentemente no.

A pardir de ese momento, Joel cogió carrerilla y le explicó como él, chorizo de profesión, nunca había pegado a nadie y de como en su casa, el respeto se ganaba con cariño y esfuerzo. Sabía que en muchos casos no sería considerado un hombre de honor, pero también sabía que solo robaba por necesidad y que nunca, nunca hizo daño a nadie... Bueno, económicamente sí, pero siempre por sobrevivir.

Samuel quedó maravillado con dicho relato y apodó a Joel "el chorizo bueno". Y además, si ya confiaba en él, en ese momento pasó a admirarlo. La vida de Joel también cambió, por primera vez se sintió útil allí dentro, y se esforzó por hacer de Samuel un hombre de provecho.
-Mira Samuel, lo tuyo no es una enfermedad, es solo un mal aprendizaje. Ahora toca desinstalar el virus ese que tienes en la cabeza e instalar un software nuevo. Yo creo que como de hardware vas sobrado, lo solucionaremos pronto.
Entonces, desde aquel día, Samuel confió y creyó. Tal vez, la solución a sus problemas no estuviera tan lejos y con una buena reprogramación podría encajar en esa sociedad de la que salió sin darse cuenta.

-¿Qué te ha pasado Samuel? -Le preguntó un día Pedro "el loquero"-. Ya no eres aquel que entró aquí
Samuel sonrió, miró a su amigo y le contestó:
-Debe de ser la influencia de Joel. ¿Sabes? Es un gran tipo, aunque con mala suerte.
-Lo sé  -contestó Pedro-, y de una forma u otra, estoy seguro de que saldrá a delante.
Samuel sonrió y asintió y a partir de esa conversación hizo algo muy importante: escuchar. Así aprendió a relajarse, a contar hasta diez, a buscar una solución a cada problema y dejar de buscar un problema a cada situación. Podéis llamarlo mindfulness o como queráis, pero aprendió a que muchos de esos nubarrones que llenaban su cabeza se marcharan y así, empezó a ver el Sol.
El día que Samuel quiso prometer a Joel que no volvería a usar la violencia, Joel no le dejó acabar la frase y cortante le dijo:
-Tranquilo amigo, yo ya confío en ti.

¿Qué pasó con estos dos jóvenes?
Estos afortunados consiguieron salir del pozo y fruto de aquella amistad, el padre se Samuel encontró un trabajo para Joel y para su padre en la empresa familiar. Con lo que no necesitaron seguir robando. Además, el muchacho, a media jornada, al verse con la oportunidad se seguir estudiando, se lanzó sin pensar hacia su sueño.

Samuel buscó el perdón de la que fue su pareja. De hecho, está seguro de haberlo conseguido, pero nunca más volvieron a salir juntos.
-Ya no se puede volver atrás -fue el breve mensaje que le constestó ella al cabo del tiempo.


Así, poco a poco fueron sobreponiéndose a los problemas de la vida, siempre contando el uno con el otro. Y aunque ellos entendieron que el reformatorio era un lugar del que aprender y en el que reinventarse, tratan de no sacar el tema con las personas que van conociendo. Es una marca en su expediente y aunque no les causa vegüenza, saben que es mejor así.

Tal vez, algún día, Samuel vuelva a tener pareja, pero eso no le preocupa. Le preocupa saber si será capaz de conseguir un poco más de humanidad en el corazón de su querido padre. Él, aunque más duro de mollera, también pueden aprender a hacer las cosas mejor.


Fran García
Orpesa, 2016